Sin rumbo…

Hay días que caminamos sin saber porque, sin saber a donde vamos. Se siente que el mundo gira sin nosotros, que el tren partió, y nos quedamos solos en la estación. Momentos sin sentido, en donde al parecer solo importa saber que estamos, pero tampoco estamos seguros de estar ahí.  Más que confusión es una especie de dejarse llevar por la inercia, dejar pasar los días, uno a uno, sin ver más allá de la próxima hora; casi como ir en uno de esos autobuses modernos por la carretera, con las cortinas cerradas, viendo una película de esas que solo ves ahí, por que es tan mala que  jamás hubieras pagado por verla;  así, sin ver en donde estamos y con una vaga idea adormilada de cual será nuestro destino.

Pero en el fondo estos días no son tan malos, lo malo es dejarse llevar por esa inercia. Estos días son un descanso para la angustia generada por nuestra ambición, de ver que algunas de las metas propuestas aun están muy lejos, y peor: que no tenemos idea de cuales serán aquellas que reemplacen a las que están por cumplirse. Metas, objetivos, anhelos, deseos; ¿Será la vida un pozo que nunca se llena?, ¿Alguna vez estaremos tranquilos como estamos? Es por ello que, al olvidarnos por un momento de hacia donde vamos, tenemos tiempo de ver hacia dentro, de cerrar los ojos para no ver esa odiosa película que esta en la TV del autobús, de no abrir las cortinas de las ventanas para descubrir que aún falta mucho para llegar; de cerrar los ojos y simplemente disfrutar lo que somos.

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