Cuestión de dignidad

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 13 de noviembre de 2013.

Fue una decisión personal. Fue en un municipio del estado de Veracruz, lejos de las grandes ciudades. Fue un acto que causó gran dolor y consternación en su círculo social: una joven de 22 años, Gabriela, se quitó la vida por una decepción amorosa. Antes de morir, colocó en Facebook su última foto con un mensaje de despedida. En él pedía perdón a su familia.

La noticia se propagó en las redes sociales, la fotografía que ella tomó antes del epílogo de su vida y esa última nota se hicieron virales. En el perfil de Facebook de Gabriela, su imagen provocó comentarios en tono de burla, demasiados. Mientras tanto, en Twitter comenzaron a surgir un gran número de mensajes, personas que aprovecharon el momento para intentar ser graciosas, llamar la atención. De un corte más que irónico, vergonzosamente festivo, colocaban textos con ideas que denigraban la más elemental dignidad humana. Llegó a tal punto el abuso de estos burdos textos que, por algunas horas, la etiqueta #MeSuicidoComoGabriela estuvo en los primeros sitios de popularidad.

Soy un asiduo usuario de las redes sociales. Considero que son poderosos instrumentos para aumentar nuestro nivel de comunicación y crear un mundo con mayor libertad, pero también son un espejo que muestra lo extraviados que estamos en aspectos básicos de nuestra convivencia como seres humanos. Parecería que lo ocurrido en el caso de Gabriela fue la diversión de varios para intentar caer bien a los demás, para ser más simpáticos. Lo peor es que lo lograron: se celebraron dichas tonterías, se divulgaron esos mensajes como si se tratara de algo gracioso. Ni siquiera pasó la idea que se podría estar cruzando la línea que nos define como seres humanos; una cosa es reírse de la muerte, como lo hacemos en México, y otra golpear el sentimiento de una familia así como la dignidad de quien tomó una decisión final.

Nos hemos burlado de una verdadera tragedia, un hecho que por sí mismo ha provocado en la historia amplios debates acerca del manejo de la libertad. El suicidio, algo muy serio, sigue siendo tema para amplias discusiones. Gabriela hizo una elección, la última de su vida. Nunca sabremos qué pasó por su mente en esos momentos, el hecho concreto es que ella murió, algo que no se puede revertir. Con su despedida, una gran tristeza se abatió sobre su familia. ¿Tenemos algún derecho de burlarnos de ello, de aprovechar su decisión para una serie de comentarios absurdos? ¿Lo hacemos porque estamos en un punto tan distante a ese dolor que somos incapaces de sentirlo?

“Es lo que genera el uso del Internet, lo que están haciendo las redes sociales en nuestro mundo”, podrían decir algunos. No, no confundamos las cosas. Esta falta de respeto no es un problema causado por Twitter, Facebook o Internet. Es síntoma de un problema más profundo, más grave. Es la muestra de la falta de dignidad y de visión a nuestra esencia como seres humanos; eso es lo que está manifestándose claramente en el uso de la tecnología que no usamos precisamente para comunicarnos.

Foto por Liliane Mendoza Secco
Foto por Liliane Mendoza Secco

No es posible ser testigo de lo que pasó en Internet sin levantar la voz, sin decir algo frente a tanta insensibilidad. Lo que asusta no es la posibilidad de maldad en lo que se generó en las redes sociales. Lo que verdaderamente preocupa es que fueron mensajes realizados en un tono completamente neutro, sin el menor razonamiento que tal vez, sólo tal vez, pudiera estar mal lo que se hizo. No solamente hemos dejado de pensar en nuestra dignidad, sino que nuestra escala de valores —que debería dar la voz de alarma cuando algo no va bien— no existe. Ahí es donde se encuentra el peligro, en la neutralidad frente a cosas que deberían llamar nuestra atención. No se trata de tomar una actitud moralista, sino decir claramente que burlarse así de la trágica pérdida de una vida atenta nuestra ya denigrada humanidad.

Fueron esos mensajes decisiones personales. Fue en el cómodo anonimato de las redes sociales. Fueron actos que nos deberían causar consternación. Todos perdemos algo de nuestra vida en ese agravio a la dignidad humana. Tal vez no merezcamos un mensaje de despedida, ni el perdón de esa familia.

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