Un asunto familiar

                                                                                              Publicado en Avenida Digital 3.0 el 7 de febrero del 2014
 

Norma entró en la cafetería y vio que Leticia estaba ahí, esperándola. Al acercarse a saludarla se dio cuenta que el problema de su amiga era grave, su rostro reflejaba una angustia que no podía ocultar. Pidieron un par de tazas de café y comenzaron a platicar.

—¿Qué te pasa?, no me digas que tienes problemas con él otra vez. Pensaba que todo iba bien entre ustedes —dijo Norma mientras recordaba que unos meses atrás su amiga había tenido una discusión muy fuerte con su marido—. Por lo visto yo estaba equivocada, veo que hay contratiempos en tu casa.

—Sí, nada ha salido bien entre nosotros —respondió Leticia con voz temblorosa, casi llorando—. Cada día nuestra relación está peor, ya no aguanto pero no tengo el valor de dejarlo.

—¿Por qué?, ya lo has soportado muchos años. ¿Qué has ganado?, nada, sólo maltratos; creo que es momento que termines con él.

—Es que… no sé hacer nada… no tengo nada, ni siquiera una cuenta en el banco. Él nunca me dejó trabajar. ¿Cómo voy a vivir si me divorcio? —Ella hizo una pausa, su mirada reflejaba su triste realidad— Únicamente me queda seguir ahí, soportando.

Un trago de café, seguido por el triste silencio fue la respuesta de Leticia. Norma sabía que el destino de su amiga había sido marcado tiempo atrás y para cambiarlo se necesitaba de algo más que una simple plática o un sencillo consejo.

A todos nos gusta el poder. Algunos son muy buenos al utilizarlo, hacen que su equipo crezca, los apoyan y les ofrecen la oportunidad de aprender, marcan de buena manera la vida de los demás. Saben que en la medida que la gente que los rodean sea mejor, ellos lo serán también.

Existen personas que abusan del poder y viven decidiendo las acciones de otros, cambian de una manera terrible el camino de quienes están cerca. Mantienen su posición al impedir el crecimiento de los demás, su interés es que nadie sobresalga y permanezcan pequeños para que él sea el único con capacidad de mando. Tal vez parece un problema de tipo empresarial, pero es una realidad que se puede observar en muchos ambientes: el padre de familia que no permite a su esposa trabajar o estudiar, trata a sus hijos como estúpidos, haciéndolos inútiles en la vida; el profesor que ahoga la participación inteligente de sus alumnos porque no sabe las respuestas, el jefe que bloquea el desarrollo de sus subordinados más capaces para que no compitan con él.

Es una actitud donde se combinan características indeseables en una persona: la soberbia y la inseguridad por su falta de capacidad para dirigir personas, así como su miedo frente a la capacidad de los demás. “Nadie puede ser mejor que yo y debo cuidar que así sea”, es la idea fundamental en este tipo de gente, puesta en acción desencadena consecuencias terribles en las personas que los rodean. En el mejor de los casos, a ellos los abandonan, ya que nadie, en condiciones normales, está dispuesto a soportar a un superior que continuamente está golpeando la dignidad. En muchos casos no los dejan, si es el jefe de una familia —hombre o mujer— el resultado es un hogar en apariencia normal, pero en la que todos los miembros viven con temor, se crea un ambiente donde se desarrolla la inseguridad, la falta de estima y dignidad. Poco a poco esa vida se rodea de una violencia silenciosa, nadie se atreve a levantar la voz para indicar lo que está mal, porque el mismo miedo los hace callar.

Foto por Liliane Mendoza Secco
Foto por Liliane Mendoza Secco

En ese tipo de ambiente no existe lugar para el crecimiento, todo es tan mediocre como la mezquindad de la persona que tiene el poder. Lo emplean para ir minando la capacidad de avanzar y aprender de las personas que los rodean. La obediencia es la manera en que usan el poder para mantenerse en su posición. Utilizan el hipócrita pretexto de mantener la disciplina para no permitir conductas que desafíen su mando. No aceptan ideas discordantes a las de ellos, pues una idea así es una real amenaza ya que entrarían en terrenos que no conocen.

Es un mal que daña la sociedad en todos sus niveles. En las familias que se desarrollan en este ambiente se crean personas con baja autoestima, temerosas de enfrentar riesgos e incapaces de defender una postura con argumentos e inteligencia. Se siembran las semillas para que esta actitud dañina continúe, ya que los niños y jóvenes criados en esos hogares, seguramente repetirán la misma actitud de inseguridad y soberbia del que ocupó la posición de poder en su hogar, serán violentos al defender sus ideas porque no conocen otra manera de actuar.

Es difícil encontrar una solución, las personas que son así no aceptan esta realidad, su misma inseguridad crea un mecanismo que les impide aceptarlo, su soberbia siempre ganará la partida. Si el poder que tienen es fuerte, luchar contra ellos significa un juego perdido antes de comenzar. Para ellos cualquier medio es válido, incluso son capaces de usar la violencia física, para demostrar que son superiores y mantener su lugar.

La prevención es una buena medida, evitar convivir en lo posible con gente que ataque nuestra integridad. Ya sea en el trabajo o en una relación afectiva, es importante darnos cuenta que la dignidad es muy importante y defenderla. Educar a nuestros hijos en ese respeto a sí mismos y hacia los demás es muy importante; estaremos creando la capacidad de reaccionar a tiempo frente a esas personas inseguras, los que abusan de su fuerza. Lo más importante: estaremos formando hombres que sabrán usar el poder que tengan para el beneficio de todos lo que los rodean. Construiremos una sociedad menos egoísta, con mayor capacidad de desarrollo y mejor futuro.

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