Miseria humana

 
Publicado en Avenida Digital 3.0 el 6 de agosto del 2014

La guerra es estúpida. Dicho así, en cuatro palabras casi no admite discusión, una frase corta, precisa y exacta. Se puede aceptar esa realidad, convencerse de su profundidad; como si fuera un breve verso. Pero somos incongruentes, estamos de acuerdo con esas cuatro palabras y no hacemos nada, ni siquiera pensamos en su significado. La historia está llena de hechos que lapidan esas letras, hombres enaltecidos en gestas heroicas, admirables instantes llenos de patriotismo y valor. Acciones que se guardan en la memoria de los pueblos como prueba de coraje, honor, patriotismo; en otras palabras: lo mejor del ser humano. Todas enmarcadas en la estupidez de una guerra.

Hoy son sucesos que se sienten lejanos, pertenecen a otros, nunca a nosotros. Acontecimientos en el Medio Oriente —¿Si son tierras palestinas o israelitas, qué más da?—, en lugares como Ucrania o África. Gente que pelea, se mata y en su muerte pasa al olvido. La guerra tiene esa peculiar característica, los muertos son parte de un patrimonio colectivo, pertenecen a todos, dejan de ser la madre de familia, un joven con su futuro abierto, la sonrisa de un niño. Pasan a formar una fría cantidad montada en la noticia de un periódico y después, con algo de suerte, quedan en las página de un libro de historia. Es una buena manera de pasar a la inmortalidad, en el anonimato de la cifra mencionada en algún párrafo que describe un conflicto. Los líderes, generales, tiranos, héroes; ellos sí merecen tener su nombre escrito con buena letra, los inocentes muertos se pueden dar bien servidos por una pequeña mención. Recordamos a Hitler, Churchill, Eisenhower, y los 23,000 o 35,000 muertos (ni siquiera lo sabemos con exactitud) en Dresde, una ciudad alemana bombardeada en la Segunda Guerra Mundial, son seres anónimos que quedan como eso: un simple y sencillo número que contiene todo y no dice nada.

La guerra es estúpida, sin embargo, tal vez nosotros no somos idiotas, de hecho, somos mejores que los animales, ellos pelean por su territorio utilizando la fuerza bruta, nosotros usamos el intelecto, la fuerza creativa, nuestra brillantez, no discutimos con argumentos ya que es una pérdida de tiempo negociar con tranquilidad y paciencia. Hemos dado un paso adelante: inventamos nuevos métodos para matarnos de manera más rápida y eficiente. De un pedazo de madera en las manos de un cavernícola hemos evolucionado hasta tener botones que activan misiles inteligentes, mismos que cruzan el cielo para hacer explotar edificios en los existe la remota posibilidad de albergar niños. Hoy, gracias a la guerra, tenemos un gran desarrollo en tecnología, de mismo modo podemos hablar de avances en medicina, comunicaciones, medios de transporte, logística, sociología, por nombrar algunos campos del conocimiento. Los conflictos armados son una actividad que tiene la capacidad de generar cosas buenas para la humanidad, pero como muchas cosas, estos logros tienen un costo. El precio es de unos cuantos seres humanos, podemos darnos el lujo de perderlos, no importan, es por el progreso de la humanidad. De cualquier modo, son vidas que se engloban en una cifra que llega a incomodar un poco, pero afortunadamente es solamente mientras duran las noticias. Al terminar de ver el noticiero de la televisión olvidaremos a los muertos.

Otro enorme beneficio está en el aspecto económico. La actividad industrial se acelera, aumenta la producción de bienes desechables y costosos —bombas, misiles, tanques, rifles, municiones— los cuales se tienen que reponer en la medida que se utilizan. También existe la posibilidad de reducir la pobreza de ciertas regiones de una manera eficiente: se disminuye el número de habitantes en esos lugares y, por consecuencia de ello, al existir menos pobres se disminuye la miseria material. La miseria moral no importa, no cabe en este raciocinio, porque donde existe la guerra los argumentos terminaron mucho tiempo atrás.

Foto por Liliane Mendoza
Foto por Liliane Mendoza

Tenemos conflictos en el Medio Oriente: palestinos e israelitas se pelean para beneficio de otros intereses, de las agencias de noticias y algunos fabricantes de armamento. Me han preguntado de qué lado estoy, yo no creo que sea posible estar a favor de quien utiliza la muerte para defender su posición. Los muertos no hablan, no gritan, sencillamente quedan sepultados bajo los escombros de la mezquindad humana y su silencio no sirve, nunca ha pesado lo suficiente para hacernos razonar de otra manera, que tal vez sea más correcta. La historia se ha escrito en páginas limpias, con tinta que no mancha, acompañada de imágenes que hoy se ven desde la cómoda lejanía del tiempo o la distancia. Se han escrito muchas letras en contra de los enfrentamientos bélicos, tantas que en nuestros días textos como este ya son consideraros lugares comunes, leerlos es tiempo perdido, minutos que lejos de convertirse en una verdadera tristeza generan flojera. Los cadáveres no deben, no pueden ser lugares comunes, pero la sórdida realidad es que están en las noticias sin causar dolor. Muerte tan lejana, tan irracional que no pensamos en ella. Hoy así vivimos, acomodamos la desgracia ajena en un baúl cerrado y lo olvidamos en un rincón de la memoria. Con eso podemos estar tranquilos, aún en nuestra estupidez somos mejores que los animales, ellos no tienen que olvidar.

 

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