Voces

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 27 de noviembre de 2014.

El peso de su ausencia es grande, en cada manifestación y protesta, está su recuerdo. Gritamos por ellos, pero también por nosotros. El dolor por la incertidumbre de su destino se comparte, no sólo por los 43 jóvenes normalistas, sino por mucho más. La ola de críticas, la gran indignación y enojo que se percibe en todo el país tiene un motivo más profundo, va más allá de lo acontecido en Iguala. El enfado no es solamente por el grupo de muchachos ausentes, sino por miles de muertos y desaparecidos, por el lodazal que envuelve los cadáveres, por cada acto en que la dignidad ha sido pisoteada en nuestro país. El demonio de la violencia ha caminado tranquilamente, por largo tiempo, sin ningún obstáculo y sigue en el camino. La indolencia, irresponsabilidad, corrupción y avaricia han creado facturas que pocos están dispuestos a pagar, por eso la conciencia de las personas comienza a marcar firmemente el límite, ya no es posible seguir así.

 Se escuchan voces que exigen la renuncia del Presidente. ¿Y después? Pedir un cambio es una de las primeras ideas que nacen cuando las cosas están mal. La gran molestia, el sentido de impotencia, el deseo de hacer algo para detener lo que sucede crean una fuerte carga emocional. Ese sentimiento hace que se solicite una reforma, la que sea; sin embargo, hacerlo sin pensar puede traer algo tal vez peor. Gritar por una renuncia sin proponer algo más, tiene en el fondo la idea que el destino de un país está en manos de una sola persona y la solución de los problemas está en cambiar un gobernante. Es la espera de “algo o alguien” para que todo mejore y no se tiene claro qué debe ser ese “algo”. De una manera visceral se juzga a los líderes como incapaces, corruptos o temerosos (tal vez sea cierto) y se exige que se retiren, sin razonar en los porqués de su actuar.

 La historia habla de la inutilidad de nuestro impulso emocional. Tiene momentos en los que se ha llegado a situaciones donde no es posible seguir con la injusticia, corrupción y excesos de poder económico o político para obtener provecho personal. Frente a eso, el enojo colectivo ha llevado a luchar para terminar con ello, sin embargo, sólo se retiraron a los que abusaron de su posición y se construyeron nuevas fachadas del sistema. Nuestra Revolución es un ejemplo, varios líderes, junto con la mayoría de la población, se levantaron en armas con el fin de obtener más justicia e igualdad para todos. Los resultados no fueron los deseados, hoy existe en México una gran desigualdad social, abusos, violencia. Se cambiaron las personas y las estructuras de poder, pero surgieron otras con las mismas características.

Foto por Liliane Mendoza Secco
Foto por Liliane Mendoza Secco

Los sucesos de Iguala, los 43 jóvenes que hoy están ausentes, han abierto los ojos a muchas personas. Demuestran que se está lejos del lugar adecuado para vivir. Ellos, en su silencio, alertan, dicen que el precipicio está cerca. Seguir en la misma dirección tendrá como destino un despeñadero. Es claro que se debe hacer algo antes que esa caída destruya nuestro país.

 ¿Qué hacer? ¿Ser un simple observador frente a todo esto? Es importante exclamar, manifestar que no puede existir más violencia, corrupción e ilegalidad. Las redes sociales permiten ser escuchados y dan la oportunidad de organizarse para presionar de manera fuerte a los líderes, a los políticos; pero la voz debe ser firme y clara para que sea tomada en cuenta. Los gritos desesperados, exagerados, tienen el riesgo de ser considerados como manifestación de un enojo pasajero. En ese caso, las personas que deben escuchar las protestas pensarán que pueden seguir sordas frente a ellas, que mañana las cosas se calmarán y por lo tanto nada pasará. Es tiempo de levantar la voz no sólo con sentimiento sino también con inteligencia.

 Además de manifestar firmemente que los líderes políticos no pueden obtener ganancias personales a costa de todos, que las cosas deben ser diferentes y mejores, ha llegado el momento de pensar en los valores que están presentes, o ausentes, entre nosotros. No existe corrupción sin que dos partes estén de acuerdo, no se ha llegado a una situación de tanta injusticia y pobreza sin un gran número de personas que, a lo largo del tiempo, se han favorecido por los cotos de poder; no se puede tener un país desarrollado sin un nivel de educación acorde al nivel de progreso necesario para vivir mejor. Tal vez se nos olvida que, además de presionar a nuestros líderes, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para recuperar el sentido ético que hace falta en México. Esa falta de valores también es una de las causas que nos llevaron al lugar en donde estamos. Hoy no sólo están desaparecidos 43 seres humanos y miles más (no los olvidemos); también está ausente el sentido de dignidad en nuestro país. Es tiempo de recuperarlo.

 Alzar la voz, protestar, manifestar que se está en contra de lo que sucede es importante. Permanecer callado es ser cómplice del demonio que nos está devorando. Sin embargo, de nada sirve el grito desesperado para cambiar si se corre el riesgo de navegar en círculos. Es tiempo de ir más allá, no solamente sortear la tormenta, sino ayudar a llevar el barco a su destino. Sabemos hacia dónde ir: a un lugar con más justicia, oportunidades, un mejor ambiente para vivir. Sin dejar de indicar claramente que no es posible tolerar más, es importante reflexionar cómo, de manera individual, en donde estemos, se pueden recuperar los valores que se han perdido y así ayudar a recuperar el rumbo correcto. El precipicio está cerca, no lo olvidemos.

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