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Una historia inútil

Publicado en Avenida Digital el 21 de junio del 2016

“Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo”
Alejandra Pizarnik

 

Era una tarde de junio. El que haya sido precisamente ese mes no hace ninguna diferencia en esta historia, pero sí la ausencia de nubes en el cielo ya que este relato necesita luz para ser verosímil. En fin, era una hermosa tarde de junio, varias sombras jugaban en un parque sin nadie que las acompañara. Parecían niños en el recreo de la escuela: brincaban, corrían, a ratos se escondían. Sin lazos con sus dueños, por fin, tenían un momento de autonomía que el destino siempre les había negado.

No sabían la razón de esa nueva y extraña realidad, simplemente, una de ellas comenzó a andar en dirección contraria de la persona a la que estaba atada. Otra la vio, le pareció interesante e hizo lo mismo. En poco tiempo, varias caminaban juntas. Podía decir que era un grupo animado. Sin saber bien qué podrían hacer se detuvieron en una esquina para decidir hacía dónde ir. Después de un tiempo de discusión entre ellas llegaron a un acuerdo y se dirigieron a un parque cercano, les parecía un buen lugar para divertirse. También pudieron haber elegido una plaza o quedarse en esa esquina, el lugar fue irrelevante, todo hubiera sucedido de la misma manera

Siempre habían vivido atadas, condenadas a repetir de maneras uniforme y constante los actos de las personas a las que estaban unidas. No eran esclavas o prisioneras, porque los esclavos al menos tienen momentos en los que pueden soñar que no están sometidos a la voluntad de otro. Para ellos la libertad es una esperanza, muchas veces lejana, pero tan real que hace aún más pesada la agonía de las cadenas. Las oscuras siluetas que se divertían esa tarde no tenían esa carga. La ilusión de verse libres de sus dueños no existía, jamás había pasado por su imaginación esa posibilidad. Eso hacía que su vida fuera sencilla, fácil, lejos de cualquier complicación que regala el libre albedrío. Por eso, hoy jugaban, no debido a la alegría de la libertad, sino porque no sabían qué más podían hacer con el tiempo que tenían. Ese concepto tampoco lo conocían: el ser propietarias, tener la facultad de decidir qué hacer con algo, pero no les interesaba demasiado porque aún no estaban plenamente conscientes de ello.

Mientras tanto, las personas que eran dueñas de las sombras ni siquiera notaron ese pequeño cambio en el mundo, era algo tan irrelevante que nadie se dio cuenta de ello. Después de todo, las sombras no sirven para nada, pero tampoco representan un lastre. Son algo así como el apéndice, las muelas del juicio, las excusas y algunos tipos de perdón. Están ahí simplemente porque están, cualquier razón que se pueda argumentar para ello podría ser válida pero estéril. Y sin embargo, la costumbre tuerce la razón, inventa motivos para justificar la existencia de aquello que de otra manera podría estorbar.

En esta historia inútil, es tiempo de recordar que el miedo no anda en burro. Esa es una gran verdad, se mueve rápido, en cualquier cosa, a cualquier hora, por todos lados. Las sombras no lo sabían porque, al no poder decidir absolutamente nada, tenían la vida completamente resuelta, sin razones por las cuales cultivar temores. Pero, al caer la tarde, la luz se diluyó lentamente. Llegó la noche, entonces una de ellas se dio cuenta que, en la oscuridad, su contorno se confundía con todo lo que la rodeaba. A la vista de ese hecho surgió de improviso la posibilidad de desaparecer y con ella, el miedo. Las sombras no sabían o no recordaban que existían faroles en el parque. Los ataques de pánico entre ellas y sus intentos por permanecer en oscuridad fueron demenciales. En realidad, lo único que ocurrió fue que ellas se hicieron más débiles. Agotadas, se recostaron para morir o al menos eso pensaron.

Sin embargo, no murieron esa noche. Lo que sucedió fue que, en la mañana del día siguiente, se encontraron de nuevo atadas a sus dueños, como siempre. De la misma manera que nadie supo cómo se liberaron la tarde anterior, fue desconocida la razón por la cual regresaron a su estado original. Ellas sólo pudieron recordar que alguna vez fueron libres, pero eso acarreo un miedo tan grande que pocas se atrevieron a intentarlo de nuevo. Las que lo hicieron descubrieron que eran vanos sus intentos: en la siguiente mañana, las cosas volvían a la normalidad, pero con sus temores aún más grandes. Podía ser el inicio de un eterno círculo de terror.

Aquí surge la oportunidad de escribir la moraleja de esta historia, tan profunda que podría cambiar la vida de alguien, marcar diferencia en la conciencia, llevar a un momento de reflexión trascendente y mirar las sombras de otra manera, pero en realidad, si he de ser honesto, no existe ninguna enseñanza en este relato o, al menos, alguna que valga la pena. Tampoco contiene una metáfora, parábola, o representa algo, solamente es un relato que sirve para pasar el tiempo de una vana manera. Realmente, es una historia inútil.

 

Amigos

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 30 de octubre de 2013.
 

Joaquín llegó un poco retrasado por el tráfico. Al entrar encontró un ambiente agradable, aún no había demasiada gente. Era un restaurante de comida argentina, el aroma de carne cocinándose en un asador se mezclaba con la tranquilidad del lugar. Sus amigos ya se encontraban en una de las mesas; habían sido puntales, como siempre. Rodrigo y Carlos se alegraron cuando lo vieron. Después de un tiempo, el lugar se había llenado, la paz inicial se transformó en sonido de amenas charlas. La mitad de la botella de vino ya había desaparecido, pero no su entusiasmo. En la mesa habían circulado opiniones de negocios, de política, anécdotas, bromas; de pronto, la conversación tuvo un cambio inesperado.

—Rodrigo, ¿cómo ves el desastre de nuestra selección? —dijo Joaquín—. Creo que está muy difícil que logremos ir a la Copa del Mundo, parece complicado ganarle a Nueva Zelanda.

Rodrigo tomó un poco de vino. Parecía que no quería contestar, la mirada de Carlos compartía el mismo recelo. Los dos eran aficionados al futbol, sabían que los resultados para llegar al Mundial ya eran demasiado malos y que no tenía caso seguir la conversación que proponía Joaquín.

—Son unos mediocres, juegan sin ganas. Ahora, con esos cambios, no sé; pero, ¿quién quiere hablar de eso? —adelantó Carlos—. Mejor platiquemos de otras cosas, esta carne está excelente para hablar de temas que dan coraje.

Los tres dejaron de hablar por un breve instante. Aprovecharon para servir en sus copas lo que restaba del vino.

—Oigan, por cierto, alguno de ustedes ha recibido uno de esos mensajes cursis que circulan en Internet, los que vienen con fotografías o dibujitos —dijo Rodrigo.

Lo miraron con incredulidad, sabían que, a pesar de que participaba en muchas redes sociales, a su amigo no le gustaban ese tipo de cosas.

—No pongan esa cara, estoy hablando en serio —continuó Rodrigo—. Todos los días colocan en mis redes sociales uno de esos. Ya estoy harto, pero no sé como decirle a las personas que no me los manden.

—Es algo muy común —dijo Joaquín—. A mí no me desagradan, aunque existen días que las redes de Internet parecen un libro de autoayuda. Las personas piensan que a los demás les agradan.

—Para mí es una molestia, lo peor es que creen que refuerzan el sentido de lo que quieren expresar —Carlos hablaba con un tono de voz muy serio, miraba a Joaquín—. Deberías ver lo que ponen algunas de mis amigos, cosas como: “la amistad no es esperar que alguien piense en ti, sino pensar cómo ayudar al otro”. Frases melosas, que no dicen nada, que ponen la amistad como mercancía en tienda de regalos.

—Tienes razón. Pasa lo mismo con muchas cosas, no sólo con la amistad —dijo Rodrigo—. Estamos abaratando las palabras. Ponen una frase sencilla, agradable, le colocan una imagen bonita y listo; tienes algo que las personas comparten en Internet porque parece motivadora, que puede hacer sentir bien a los demás. Nunca reflexionan en las cosas que ellos hacen mal. Piensan que haciendo eso quedará todo arreglado por arte de magia, inclusive su vida.

Joaquín los vio con cara de sorpresa, trató de defender su comentario.

—Muchos no piensan como ustedes. Creo que algunos las colocan con la idea de ayudar a los demás. No sean tan huraños.

Se hizo un pequeño, incómodo silencio en la mesa. Joaquín esperaba una mirada de aprobación en sus amigos, un gesto que no llegó.

—Es que no se trata de ser huraño—dijo Rodrigo— El punto es que se van por el lado de las cosas. Creen que para resolver un problema personal o una gran falta de voluntad solamente necesitan ponerle ganas a su vida, que con leer una frase motivadora pueden cambiar la realidad. La verdad es que eso no funciona. Puedes hacer que las personas se sientan bien un rato, pero no más que eso.

—Rodrigo tiene razón, yo sigo pensando que muchas de esas imágenes son una molestia —agregó Carlos —. Algunas parecen ser grandes frases, pero son cosas obvias, en las que todos podrían estar de acuerdo. No llevan a ninguna reflexión, no generan una nueva idea en la gente que las lee. Simplemente no sirven de mucho.

—Yo no lo veo así, creo que están exagerando, a mí me gustan varias, no todas, pero sí algunas. —dijo Joaquín—. ¿Qué daño pueden hacer? Ninguno. Al contrario, pienso que pueden ser una especie de guía para los que tienen problemas. Esas publicaciones en las redes sociales ayudan a que las personas no sean tan desalmadas.

—El problema no son las frases, son las personas que las envían y que las leen —dijo Rodrigo—. Sería mejor que la gente realmente se ocupara más en demostrar con su conducta lo que quieren decir en esas frases. Al mismo tiempo que publican en Internet todas esas frases, todos esos dibujos; los valores que presumen se están perdiendo. Vemos como cosas normales normal la corrupción, la deslealtad, el egoísmo, hoy no nos sorprende la violencia. Eso es lo que me disgusta, me hace sentir que somos hipócritas.

—Y solamente llenan de ruido las redes sociales. Algunas de esas personas piensan que al enviar esas cosas pueden cambiar la manera en que actúan los demás —continuó Carlos—. Eso no es cierto, nadie va a cambiar con eso. El mundo necesita otras cosas para lograr que las personas dejen de hacer acciones viles o inmorales. Rodrigo tiene razón, se requiere hacer mucho más, deberíamos empezar con nuestra conducta hacia los demás.

Un mesero llegó para retirar los platos, les ofreció el postre y café. Joaquín cambió el tema de la conversación, sabía que, a pesar que respetaban su punto de vista, sus amigos nunca estarían de acuerdo con él. La conversación siguió de manera tranquila, surcó en otros caminos. Carlos se dio cuenta que Joaquín estaba muy contento y le preguntó a que se debía ese estado de ánimo.

—Ya casi tengo listo el asunto de mi divorcio. Por fin, parece que voy a ganar el juicio por la completa propiedad de la casa.

— Joaquín, sigo pensando que eso no está bien —dijo Carlos—. Después de tantos años, no creo que sea bueno dejar a Martha sin nada. Eso no es justo para ella, nunca la dejaste trabajar.

—No se trata de ser justo, quiero que sienta lo que es vivir sin mí —exclamó Joaquín con molestia—. Yo sé lo que hago… ya les dije que no se metan en eso.

Carlos y Rodrigo guardaron silencio, era evidente, no tenía caso decir algo al respecto.

Una pipa, un recuerdo

Fue un recuerdo, llegó para distraer el olvido. Estaba escondido en las horas del   día, esperaba un instante de debilidad. Posiblemente lo llamó el blancuzco humo de mi pipa que flotaba tranquilo, con el olor de mi tabaco, murmullos de lejanos días, débiles voces de olvidadas reuniones. Tal vez fue la pequeña brasa, con su modesta constancia en el interior de ese trozo de madera, la que, al iluminar mi memoria, quitó la sombra de aquel tiempo. Pudo ser el trozo de brezo que acariciaba mi mano y mi boca —también acarició mi angustia— él que trajo ese pedazo de historia a mi mente. No lo sé, llegó igual que otras veces: sin avisar. Solamente llegó y con él su compañera, la soledad.

Foto por Liliane Mendoza Secco
Foto por Liliane Mendoza Secco

Fue al encender mi pipa. Acerqué la pequeña flama del cerillo en mi mano al apisonado tabaco; entonces hice una pausa, un pequeño momento. Observé la calidez del fuego antes que manifestara su magia, estaba frente a mí, no podía ver otra cosa. Ahí fue, apareció dentro de esa flama, lo distinguí claramente en la nube de humo que salió del tabaco al encender. La brasa se recostó en la cama dentro de mi pipa, el dulce aroma inundó el cuarto y, el recuerdo, mi mente. El recuerdo, ese humilde mensajero que mueve mi conciencia, me acompañaba.

Estábamos sólo los tres y el silencio. Podíamos fingir que no existíamos, no era posible. Ese tipo de juego era demasiado arriesgado, no podíamos ignorarnos, nadie podía ganar. Serían los mismos que siempre habíamos jugado. La pipa jugaría al escondite, ella trataría de esconder su brasa en el tabaco que estaba dentro de la cazoleta, yo debía buscarla y no perderla. El recuerdo, a la gallina ciega, con sus ojos vendados intentaría atraparme y, así, envolverme en su melancolía. Yo, yo jugaría solitario, encerrado en mi momento, en mis pensamientos, sin compartir la alegría de ganar.

Eso hicimos, jugamos, hicimos apuestas insignificantes; perdimos y ganamos varias veces. El reloj caminó con un lento paso, el tabaco se esfumaba. Eran los mismos juegos de otros días, el conocido sabor de mi tabaco, la misma extraña sensación de no saber si el recuerdo era real o una fantasía en mi pasado. Todo era tan común, tan normal que me inquietaba.

Varias veces la pequeña dosis de nicotina ayudó a que mi angustia se diluyera.

Varias veces el humo se agitó en el aire, al igual que el recuerdo.

Varías veces me golpeó, sin hacerme más daño que él que hace la leve quemadura del cerillo que se acaba en mi mano.

Varias veces prendí mi pipa, lo hice sin pensar, mi mente jugueteaba con el aroma del recuerdo.

Varias veces cerré mis ojos. Intenté disfrutar de esos minutos, de esos valiosos minutos que pude robar a la rutina.

Nuestros juegos se agotaron, las apuestas se pagaron. La pipa quedó en mi mesa, parecía cansada. Su magia había terminado, era solamente un cálido trozo de brezo que descansaba. Yo me quedé en el vano intento de conservar mi pequeña evasión, de prolongar ese espacio de ausencia; no quería regresar a mi verdad, pero no la podía evitar, debía volver. El recuerdo posiblemente quedó entre las cenizas y el humo que se dispersó. Él se fue como llegó, de manera repentina, sin avisar. Me dejó el olvido y una conocida sensación: la certeza que nos volveríamos a encontrar, él y mi soledad.

Una mañana


     Cada mañana las calles en mi ciudad se transforman, dejan de ser frías alfombras de asfalto para convertirse en ríos de carros. Se llenan de vehículos, más de los que pueden circular con agilidad. Autos que llevan una, dos, tres o más personas que salieron de un suave sueño para enfrentar la realidad. Hoy el destino las colocó junto a mí en este caudal. Veo autos con varias personas; algunas platican entre ellas y otras están en silencio, como si los ocupantes estuvieran perdidos en sus pensamientos; cada quien en el suyo, sin compartirlo. Las que manejan solitarias es probable que busquen en un programa de radio la compañía que no tienen para su corto viaje.

     Puedo ver claramente los ocupantes de los diferentes vehículos que circulan junto al mío: una señora despeinada que lleva sus hijos a la escuela, los jóvenes estudiantes que seguramente van en camino a la universidad, una hermosa mujer que se maquilla al manejar —no sabe que su belleza hace que esa actividad, además de peligrosa, sea innecesaria—, un anciano que está obligado a vender la poca vitalidad que guardó para el ocaso. Son diferentes autos, diferentes personas, diferentes motivos. Circulamos lentamente, todos nos dejamos llevar al ritmo que marcan los demás vehículos. Todos nos sentimos ahogados en la patética burbuja del tráfico en las calles.

     Soy parte de ese cardumen. Forma parte de mi vida en esta ciudad, de la que no puedo escapar. También soy incapaz de escapar de este lento ritmo. Es algo que contradice la terrible velocidad que impone la vida urbana. Esta ciudad me impone apresuradas decisiones, veloces saludos, aceleradas relaciones. Desayunar, trabajar, comprar, pagar, comer; todo lo debo hacer rápidamente, el tiempo es escaso en el ajetreo de mi ciudad. El tiempo debe bastar para atender familia, amigos, compromisos, trabajo, problemas, soluciones, diversiones y demás fantasmas del día. El reloj es el amo, él es quien esclaviza. Y ahora, como una cruel broma, estoy aquí: atorado, entrampado en el tráfico de la mañana, viendo como gotean el reloj, mi tiempo que se pierde. Hoy, como cada mañana, veo escapar el tiempo que me hará falta el resto del día.

     La linda mujer termina de maquillarse, gira su cabeza y me mira. Soy incapaz de devolverle la mirada, la pena me vence y volteo hacia el carro que circula a mi izquierda. El viejo maneja resignado, casi triste. Ignoro qué recuerdos o rencores lo acompañan. Voy despacio, vamos despacio; todos en el mismo río. Continúan atrás de mí los jóvenes, en un compacto. Los veo por el espejo, parece que están cantando y bailando dentro de su carro. Viene a mi mente un cuento de Cortázar y, de pronto, me siento parte de esa historia. Todas las mañanas soy la pobre versión de un cuento. Es mi consuelo, pobre consuelo, porque sé que esto no es ficción, es mi diaria realidad.

Foto por eleconomista.com.mx
Foto por eleconomista.com.mx

     Mi tiempo me oprime, ese que no puedo detener, él que pierdo cada mañana, él que intento disfrutar, él que un día terminará y que entonces, conmigo, se volverá eterno. Me aplasta igual que este tráfico matutino. La misma historia se burla de mí todas las mañanas, sabe que mi tiempo nunca es el mismo, que no lo puedo guardar. Cada día se acumulan las horas perdidas, el reloj del tablero de mi auto me lo recuerda, son mis preciosos minutos desperdiciados. Nadie me los podrá regresar.

     El tráfico avanza lento, pausado; rompe, con su desesperante calma, la agitación en la ciudad y, con ello, aumenta mi angustia y mi tensión. Desesperado, vuelvo a mirar las personas encerradas en los autos que me rodean. Percibo que compartimos el mismo sentimiento, todos con el mismo semblante de enojo y resignación… casi todos. Me doy cuenta, al mirar atrás, que los jóvenes siguen cantando. Están felices, sonriendo.

     Esas sonrisas que veo en mi retrovisor. ¿Por qué sonríen?, ¿será su juventud?, ¿la certeza de que tienen mucho tiempo por delante y pueden darse el lujo de desperdiciar el actual? No lo sé. Lo que sí sé es que esas sonrisas están aquí, dentro de mi auto, me acompañan, me hacen recordar que un día fui como ellos, que aún puedo seguir siendo como ellos. Observo mis manos que descansan en el volante y cierro mis ojos por un segundo. Comienzo a sonreír.


		

Una confesión

Existen sombras que únicamente se ven en la oscuridad, como fantasmas que vienen para inquietar mi conciencia, sombras solitarias, sin nada que las acompañe. Siempre las encuentro en el mágico o trágico espacio de la noche cuando mi cuerpo pide descanso, cuando me dice que la jornada debe terminar. Entonces, apago la lámpara y, al mismo tiempo que acomodo mi cabeza en la almohada, intento dormir. En ese momento, al amparo de la falta de luz y sonidos, mi cerebro se niega a descansar, no me obedece. Yo no intento que ese rebelde me obedezca, sé que no tiene caso. Es un instante de sentimientos encontrados, no se trata de un clásico episodio de angustia nocturna, que en el pasado me acompañó como firme compañero, ni del malestar generado por cosas que no hice en el día, es algo diferente; es ahí cuando aparecen esas sombras, espectros que vienen corriendo a mi mente. Llegan y entran sin obstáculos, ofreciéndome variados y extraños bocetos sobre los cuales escribir. Los dejan ahí, en mi cabeza, pero esas ideas se extinguen. Después de un rato, el sueño llega como un gran plumero, limpiado todo rastro de lo qué podría ser. Alguno de ustedes pensará: ¿por qué no lo anota, lo graba, lo escribe en ese momento?, ¿por qué no hace algo más? Puedo esgrimir muchas razones, algunas bastante lógicas como, por ejemplo, no despertar a mi esposa que tranquilamente duerme junto a mí. En el fondo la causa de mi inactividad es más sencilla: miedo.

En un intento para redimir mi culpa, trato de convencerme de que tal vez son ideas demasiado absurdas, tonterías que no deben llegar al papel, pero no me puedo engañar, en mi interior está la sensación de que algunas de ellas son demasiado íntimas para ver la luz. Tal vez por eso aparecen en cuando los sentidos se ausentan, ese instante en que mi conciencia acepta cualquier pensamiento sin juzgarlo. Después, para no razonar en ellos, dejo que mi sueño me venza y así no tener que enfrentar los demonios que ahí están contenidos.

A veces, en la siguiente mañana, quedan algunos de esos pensamientos pastando en mi mente, gritando para poder escapar. Y sigue el miedo, ese temor de qué podría yo decir, de qué me podrían decir. Entrelíneas quedará mi vida, cada palabra contendrá una nostalgia, un vano deseo, una juerga olvidada. Podrá quedar ahí también la prueba de que mi escritura no es tan buena como pienso, que solamente es una pérdida de tiempo, como si el tiempo se pudiera perder. Mis textos quedarán para que me enjuicien, para que me condenen; rara vez pienso en el perdón o en el halago. Cada párrafo que escribo es una confesión al aire que alguien leerá sin darme la absolución.

Es mi miedo. Siempre aparece, ya sea en la noche o en el instante en que un desconocido puede leer lo que sale de mí. No existe retorno, las letras que se van nunca regresan. Decían varios escritores que escribir es una tarea de valientes, no lo creo, más bien es una tarea de irreverentes, de locos o de indolentes. No, no puede ser de indolentes porque en cada escrito va un movimiento del alma, cada frase es un sentimiento que alguna vez se atrapó y al escribir se fuga. Escribir es una tarea de locos. Realmente, debo estar medio demente para colocar esto aquí, para que ustedes me critiquen, me ataquen, me devoren. Solamente una persona que no se encuentre completamente sana podría permitir eso, podría aceptar que estas íntimas letras lleguen a sus ojos.

Un loco más, en un mar de locos. Porque también se requiere ser así para leer y compartir sentimientos ajenos, para adentrarse sin miedo en la intimidad de otra persona. Dos locos en un mar de locos, eso somos, usted y yo.

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La noche estrellada, Vincent Van Gogh

Lugar común

Me siento terriblemente solo a pesar de que llegué acompañado. Miro algunas estatuas y las pequeñas capillas que guardan los restos de añejas tragedias. Estoy aquí, en donde las palabras no alcanzan a describir todo lo que me rodea: lápidas con nombres, fechas, frases… son registros de vidas acabadas de las que solamente quedan pedazos de mármol y los recuerdos que atesoran unos cuantos familiares. Y otras lápidas, desgastadas y sucias, que también están presentes me dicen que ya no existen ni familiares ni recuerdos; sus memorias quedaron olvidadas en el tiempo. Esperan a que alguien las mire y se apiade de ellas, porque  también guardan unas sombras del pasado

Veo su féretro al lado de una tumba, llegó con nosotros. Contiene el cuerpo de lo que un día fue un amigo. La fosa está abierta y lo espera paciente. Su última morada, es lo que pienso de ese espacio. De inmediato alejo de mi mente esa frase, mi amigo odiaba los lugares comunes pero hoy descubro que ese lugar común realmente existe y un día también será el mío… es una pequeña idea egoísta. Ahora, además de triste me siento incómodo. Reconozco que en un momento como éste debo estar alejado de cualquier egoísmo. Nadie sabe lo que estoy pensando así que me guardo mi tonta idea. Tanta tristeza acumulada hace que solamente se expresen unas cuantas frases cortas y convenientes. Para mí, es mejor no decir nada.

El ataúd baja. Un hombre en el fondo lo acomoda con sumo cuidado, como si mi amigo pudiera despertar por un brusco movimiento al descender. Sé que no lo hará. Su viuda, que aún se niega a aceptar ese adjetivo, coloca unas flores sobre la oscura caja de madera, como si le hicieran falta para llegar sin las manos vacías a donde será recibido. Las miradas de los que ahí estamos lo dicen todo. Las palabras no alcanzan para describir todo lo que me rodea.

Comienzan a moverse las palas, colocan la tierra en su lugar. Cada palada va acompañada por un recuerdo. ¿Cuántas se necesitan para cubrirlo?, ¿cuántos momentos para atesorar en mi mente? Más de los que yo quisiera tener en este instante. Veo algunas lágrimas entre nosotros; al tiempo que el féretro se cubre con todo lo que añoramos. Es una eternidad la que se necesita para terminar esa triste tarea. Nadie habla, nadie atina a decir algo. El silencio solo es interrumpido por el ruido de algunas piedras al caer.

Vincent Van Gogh Cementerio en la lluvia

Terminan los sepultureros su necesaria labor, unos cuantos billetes se reparten entre ellos, es una manera de dar las gracias por un trabajo que nadie quiere hacer. Observo una lápida con su nombre en ella, toda una vida resumida en ese pedazo de mármol. Será una más entre todas las que alcanzo a ver. Él no estará solitario como nosotros, aquí tendrá la compañía que no lo abandonará.

Ahora lo entiendo. Es posible que los que estamos aquí, los que aún estamos vivos, los olvidemos pero ellos jamás se olvidarán de nosotros. Nos estarán esperando, pacientes, silenciosos. Sé que algún día mi amigo me recibirá en este lugar común, sé que también, un día, será el mío.