Nuevo sitio para mi blog

 

Mi blog tiene un nuevo sitio, ahí está todo lo que contiene este blog y mucho más. Si lo deseas, me puedes seguir en mi nuevo sitio:

emiliomendoza.mx

Gracias

Anuncios

Ausencia

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 31 de mayo del 2016

“Duerme, ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
Duerme, mi amigo…”
José Hierro

 

Hace algunos días, muchos años después de entrar al salón para recibir la última clase en la Universidad, pude disfrutar una comida acompañado de mis amigos, aquellos con los que estudié la carrera de Ingeniería. Camina el tiempo y con él, la nostalgia. Al ver reunidos a mis compañeros, escuchar sus chistes, platicar las anécdotas tantas veces contadas y no por ello tediosas, es imposible no percibir el eco de aquellas bromas en los pasillos del campus que sentía ya perdidas en el cajón de mi mente. Ella me dejan clara una gastada idea: “aquello que fui es lo que soy”.

Esa tarde tuvimos una buena conversación que se enriqueció con la infinita variedad de experiencias que los años y su huella han dejado en nosotros; sin embargo, faltó alguien que se fue. Nosotros, con tristeza, quedamos para recordarlo. Es algo que, a pesar de lo infortunado, pertenece a los hechos normales de la vida.

La repentina partida de mi amigo me hizo reflexionar que la muerte existe. Es algo que siempre intento olvidar, a veces, apoyado en momentos con las personas que estimo. Al no pensar en esa dura realidad, lo que intento es mantenerla lejos. A pesar que parece ser complicado, la misma rutina ayuda a convencerme que seré eterno. Para conseguirlo, debo despertar cada la mañana, alcanzar la noche, descansar y realizar ese esfuerzo el día siguiente. Entonces, cuando estoy a punto de lograrlo, llega un violento y repentino aviso que me recuerda todo esfuerzo es inútil. Algún día no estaré aquí.

Para poder estar tranquilo, trato de alejar una certeza: todo tiene un final. Intento fabricar una moderada monotonía, interrumpida a veces por eventos que la alteran un poco, pero que no llega a sacar de balance ese equilibrio; así mi vida es más tranquila. Si la actitud es vivir en el tedio diario, sin sorpresas, en el fondo lo que realmente intento es tirar a la basura algo de angustia. Pero no resulta, existen esos desafortunados eventos que me hacen reflexionar si la vida rutinaria es una decisión correcta. ¿Estar hasta cierto punto aburrido o intentar romper esa patética armonía? Aún no sé si es una cuestión válida.

Alguien dirá al respecto que lo mejor que debería hacer es “buscar tu propio ser, cambiar las cosas para lograr lo mejor…” pero no lo acepto. A pesar que se oye bien, se dice tan fácil que queda en el reino de la vaguedad. No tiene caso caer en ello, no se trata de corregir el rumbo, sobre todo cuando el único destino certero es aquel en el que no quiero pensar. Pero también es verdad que, en la ceguera del día a día, pierdo otras cosas, tan banales que no les doy importancia, como la sonrisa de aquel amigo al contar un buen chiste.

Tal vez por eso lo mejor de esa comida fue el momento en que comenzamos a discutir el presente y el futuro de lo que somos, esa plática con ideas diferentes, a veces encontradas. Discusiones sin el vanidoso objetivo personal de imponer criterios o enseñar algo a los demás; más bien el placer de aprender gracias a ellos. El hueco que deja su ausencia me recuerda que no puedo existir sin mi relación con los demás, por ejemplo: estas letras no tendrían sentido si nadie las leyera. Si esto es realidad, entonces parte de mi riqueza es la grandeza de los demás, razón aún más fuerte para arrancar las ramas de envidias y comenzar a ayudar a otros a ser mejores; no se trata de una cuestión de ayuda al prójimo, es una actitud que en el fondo es muy egoísta: si mis amigos son mejores, entonces yo soy mejor, así de fácil.

Hoy faltó alguien y sé que en parte él me dejó eso, soy mejor gracias a lo que me legó, no importa la distancia o el tiempo que haya pasado, la huella siempre queda. ¿Qué tanto? No lo sé, y prefiero no averiguarlo. Lo que es cierto es que esa tarde él hizo falta. Lo extrañamos, pero nos deja una sonrisa en su recuerdo.

Somos lo que soñamos…

 Publicado en Avenida Digital 3.0 el 12 de mayo del 2016

“…nada es verdad, aquí nada perdura,
ni el color del cristal con que se mira.”
Nicanor Parra

Soy, como todos, una extraña mezcla entre lo que debe ser y lo que es. Encuentro esa diferencia cuando en Facebook o Tuiter llegan a mi cuenta mensajes que hablan del sentido de la vida. Los miro y, si yo fuera una persona completamente normal, madura, con una amplia perspectiva, ávido de lograr mi realización plena como hombre, debería leerlos con atención y hacer un esfuerzo sobrehumano para aplicarlos. Las personas que los mandan colocan paisajes altamente bellos y motivadores, ya que hacer lo que se menciona en ellos muchas veces requiere de una energía que, en caso de tenerla, sería la de un superhéroe. De esta manera logran crear la unión perfecta: palabras exactas, breves, trascendentes, con imágenes de bellezas naturales; mezcla que me encamina a la reflexión. A veces, debido a la profundidad del mensaje, el paisaje es reemplazado por una fotografía con personas que ejemplifican aquello que está escrito. Realmente, despiertan el deseo de superación que, a veces, permanece escondido bajo la sombra del diario vivir. Una frase: “El cielo no es el límite, el límite está dentro de ti”, me puede encaminar a romper fronteras, buscar más allá, encontrar que lo imposible es posible.

Siempre me ha motivado encontrar este tipo de mensajes en mis redes, sobre todo por la mañana, pues cambian de manera significativa mi caminar a lo largo del día. Me hacen pensar en todo momento lo que debo hacer y lo que en verdad hago. Sin embargo, al evaluar mis acciones, puedo notar que muchas veces existe una diferencia notable entre esas dos cosas, en otras palabras: soy un desastre. Pero no importa, “Cuando has perdido algo, recuerda: la esperanza no se pierde”. Gracias a esos textos sé que lograré salir de mi estado de mediocridad. En mí habita un ser inquieto, ávido de superación, que puede caminar con decisión en nuevas sendas, salir victorioso de los retos que se presenten y no perder una ilusión: poder encontrar las llaves de mi carro que perdí el día anterior.

“Soy aquello que sueño”, decía uno esta mañana. Fue increíble. El problema es que no puedo recordar lo que soñé, ¿querrá decir que soy un ser etéreo que vive en el mundo del olvido de todos? No creo que ese sea mi destino, algo debe estar mal. Lo más probable es que no entendí bien el sentido del mismo. La fotografía que lo acompañaba era un hombre mirando las estrellas desde el borde de un precipicio. Hasta donde recuerdo, jamás quise ser astrónomo o clavadista en La Quebrada. No debe ser eso. Otra posibilidad es que tenga un significado superior a mi intelecto, lo he llegado a suponer porque en esa imagen se percibe que esa persona está parada en lo más alto del paisaje, seguramente es una simbología oculta que habla de inconmensurables y elevados niveles. A veces, entenderlos de manera correcta es realmente complicado.

Alguna vez llegó uno que decía: “Ser congruente, sin temores, es ser Hombre”. Esa rara cualidad que, según lo que estaba ahí, debería ser parte de mí. Se supone que, al hablar de congruencia, debe existir una cohesión de vida con todo lo que mencionan esos mensajes. Los que me conocen dirán que soy perfectamente incongruente, sobre todo al leer esta columna. La verdad es que soy, como todos, un ser coherente. Lo que pasa es que algunos de los motivos por los cuales hago las cosas de determinada manera son egoístas. Por ello, prefiero mentir o sencillamente ocultarlos. Incluso esa acción, la de esconderlos, concuerda con una de mis intenciones: brindar la imagen de persona confiable, recta, lo cual hasta cierto punto es verdad, pero como la perfección solamente existe en los libros y en aquello que inunda las redes sociales, tengo que torcer mi actuar para ser compatible con el mundo que me rodea y ser un Hombre que enfrenta, sin temores, su destino.

Sé que existirá aquel que me señale molesto al pensar que lo que está aquí es ironía. Eso no importa. La verdad es que no hablo de un universo ficticio, sino de aquello que me rodea y observo. ¿Qué tiene este mundo? Personas que buscan la manera de sentirse bien, tranquilos y felices. Algunos lo logran al enviar mensajes que pueden no servir para nada; otras al intentar seguirlos y algunos al leer algo medio fuera de lugar, pero divertido. De cualquier modo, la meta es buscar nuestra senda hacía el éxito, desafíos que motiven el andar y así, lograr lo que soñamos (si es que podemos recordar qué fue eso).

Hablar de recuerdos

 Publicado en Avenida Digital 3.0 el 18 de abril del 2016

“Mi memoria, culpable de un abuso,

Se alzaba contra lo que Dios no quiso:

Que hoy fuese ayer.”

Jorge Guillén

 

Existen tardes que, por alguna razón que desconozco, observo el pasado. Suele suceder cuando se tiene cierto número de años sobre la espalda, no soy un anciano, pero tengo los suficientes días para, en determinados momentos, perderme en los recuerdos. No quiere decir que me deje llevar por la nostalgia, eso lo hacen otro tipo de personas, más sensibles, con mayor inteligencia y dueños de grandes historias; yo no soy así, la capacidad de mi mente es completamente normal, así como mi pasado, que apenas puedo catalogar como mundano. La verdad es algo más sencillo: las memorias sencillamente llegan cuando quieren, sin controles ni filtros. Son aquellas cosas que, por causas desconocidas para mí, son imposibles de borrar, quedan fijas en el tiempo y, a veces, me remiten a épocas que, como soy terco, me niego dar por terminadas.

Mis remembranzas son hipócritas. Sé que puedo narrar con veracidad algunas de las cosas que me sucedieron, contar las historias de ciertos hechos en mi niñez, incluso con pequeños detalles. Pero no puedo saber si los años se han encargado de modificar en mi mente esas anécdotas para quedarme sólo con aquellas que son alegres o neutras. En otro nivel puede ser tragedias reescritas de tal manera que hoy, si duelen, las conservo para alimentar mi orgullo —un soberbio: “fui capaz de soportar eso”—, o solamente sirven para seguir rumiando viejos rencores. ¿Esto querrá decir que yo soy un mentiroso? Puede ser, la verdad no me interesa, puedo estar tranquilo con mis recuerdos y, para mí, eso es suficiente.

Estoy consciente que los recuerdos no son confiables y, sin embargo, soy leal a ellos. Los defiendo a pesar que en algunos de ellos todas las pruebas dicen que mienten. No me importa, son míos, y lo esencial: hasta hoy nunca me han traicionado.

En estas tardes también surge el deseo de regresar a lugares en los que estuve muchos días atrás, con amistades que dejé en aquella época. No me quiero engañar, más que buscar personas, espacios, lo que intento es volver a esa época para vivir lo que aparece en mi memoria. Se me olvida que todo quedó enterrado bajo pedazos de días, pueden ser inexistentes. A pesar de ello, lo he hecho con diversos resultados. Sí, he encontrado viejos amigos que no veía en años, con algunos puedo establecer una nueva relación, pero otros, al volverlos a ver, han cambiado de tal manera que lo mejor es olvidarme de ellos. Aquellos que quedan ya no son iguales, no puedo decir que hoy sean mejores, mi punto de comparación en el tiempo no es fiable.

Conservo, en medio de todo eso, un tipo de memoria que permanece intacta, de la cual estoy completamente seguro que no ha sufrido algún extraño giro dentro de mi mente durante el paso de los años. Hoy puedo comprobar ese hecho. Se trata de personas y lugares que me acompañaron en mi juventud, actividades que alguna vez hice, como: navegar en el Caribe con las velas desplegadas en El Rayo, acompañar a Thornton y Buck en su búsqueda de oro por Alaska, caminar junto al profesor Lidenbrock en un viaje bajo la tierra, correr por la selva del Seonee al lado de Bagheera, estar perdido en una cueva con Becky y Tom; entre muchas otras. Cuando tengo el deseo y tiempo las vuelvo a encontrar. Al hacerlo, descubro que están de la misma manera; el tiempo no ha mermado o modificado nada de lo me dejaron. Aquí mis recuerdos, además de leales, son honestos

En aquellos días no tenía manera de saber cuáles cosas serían perdurables, qué sucesos recordaría. A menos que sean eventos realmente trascendentes o impactantes, no poseo la capacidad de decidir qué sucesos se afianzan en mi memoria y cuáles irán al cajón del olvido. Es una pregunta difícil de responder: ¿Cómo puedo saber qué acontecimientos, vivencias de este día, perdurarán en mi futuro? No me importa, de todas maneras, acabaré por inventar mis historias y recuerdos. Siempre lo he hecho, además, también sé que existen otras: aquellas que algunas personas destacadas crearon y dejaron plasmadas en letras. Hoy les doy las gracias.

 

Odio

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 26 de noviembre del 2015

“Así dirá la Historia

Se debatía entre el furor y la esperanza

Corrían a encender montañas

Y se quemaban en la hoguera.”

Vicente Huidobro

 

El viento siempre ha sido el mismo, no le interesa lo que pensemos de él; sin embargo, algunas personas dicen que hoy soplan vendavales de odio y estamos en una era llena de rencores, violencia. Incluso he escuchado voces, nada razonables, pero llenas de angustia, comentando que lo que está aconteciendo es el comienzo del “fin de los tiempos”.

Es un hecho, al menos para mí, que los años y días invariablemente terminan. Jamás he encontrado la manera de guardarlos, ahorrarlos para usarlos en un futuro, siempre veo como cada uno de ellos se va sin poder evitarlo. Además, ¿el fin de cuáles tiempos?, las referencias cronológicas son completamente subjetivas, varían de acuerdo al gusto y calendario de aquel que tiene la ociosidad de separar en pedazos el continuo andar de los relojes. En remoto caso que sea cierto, si efectivamente se acaba todo: ¿qué caso tiene angustiarse con ello si de todas maneras no se puede hacer nada? Tal vez me lo comentan para que me apresure a terminar aquellos pendientes que existen y nunca terminan; pero si nada va a quedar, a quién le podrá hacer daño que no finalice algo. Ideas ociosas, que buscan generar temor. Solamente aumentan aún más el sano nivel de estrés con el que me entiendo todos los días.

El odio entre algunos grupos de personas es como el viento, siempre ha existido. Las razones que dan origen a ese rencor son, por lo general, de una profundidad tal, que es una utopía dialogar, discutir o acordar algo al respecto. Por ejemplo: cómo es casi imposible razonar con alguien para que cambie su religión o crea en algún dios, se intenta meter esa nueva creencia por medio de garrotazos en la cabeza y, si no se obtienen resultados, la solución es matarlo para que no contamine a aquellos a lo cuales los golpes sí les hacen efecto.

Con algunos otros conceptos existe la misma situación: raza, política, ideología, amor. Podría parecer ilógico que mencione ese último, pero es una realidad que también por amor se puede generar una violencia que puede llegar a ser brutal; no sólo entre dos personas, sino incluso, entre comunidades. Algunas otras cosas se pueden colocar en una mesa para negociar, platicar alrededor de ellas e intentar lograr acuerdos: territorio, riqueza, recursos naturales, uso de poder; pero aquí también la codicia y ambición muchas veces hacen casi irrealizable que la razón pueda vencer a la violencia.

Todas las épocas han sido tiempos de odio, de agresiones. Siglos han pasado, en cada uno han existido grandes hombres que dejan en su legado una idea clara: “la violencia solamente genera más violencia”. Coinciden en ello pensadores de diversas eras, religiones, lugares; sin embargo, seguimos en el mismo camino: los vendavales son iguales.

Tal vez ser violentos es parte de la naturaleza humana. El guerrero siempre ha ganado al sabio, esta idea tiene su lógica. Es muy difícil (requiere inteligencia) poder compartir una idea y convencer a los demás de la misma. Podría ser tarea para pocos, algunos supuestos elegidos, no por el grado de intelecto requerido, sino por el esfuerzo que es necesario para lograrlo. Es mucho más fácil seguir dos caminos: no hacer nada si se es débil o, sí se tiene la fuerza suficiente, persuadir a los demás por medio de golpes. Además, si los trancazos son duros y sin piedad, es más rápido y efectivo lograr que el otro acepte razones que le son ajenas.

¿Podemos tener la esperanza que un día lograremos cambiar esta inercia? No es cuestión de guardar una vana ilusión o de esperar que algún poder divino logre cambiar siglos de atropellos. Es una cuestión de creer en la dignidad, el ser humano y la posibilidad de lograr que las ideas sean más fuertes que los puños. Es necesario hacerlo para vivir con cierto grado de decencia, respeto entre nosotros; cuando dejen de existir personas que tenga esa esperanza realmente estaremos perdidos.

Ese “fin de los tiempos” siempre está aquí, invariablemente acaban los días, cada momento respiro es el final de un tiempo. Tal vez lo dicen en el intento de lograr que me arrepienta de algo, de hacer que rectifique el camino, pero en esa manera de intentar convencerme está implícita cierta violencia. Seguimos sin aprender, es más sencillo amenazar que convencer; tal vez un día los vientos realmente cambien y la lucidez del argumento sea más poderoso que la fuerza bruta. Conservar esa esperanza es vital para no perder el concepto Hombre.

Y vivieron felices para siempre…

Publicado en Avenida Digital 3.0 el  10 de noviembre del 2015

“¿Cómo me vas a explicar,

di, la dicha de esta tarde,

si no sabemos porqué

fue, ni cómo, ni de qué

ha sido,

si es pura dicha de nada?”

Pedro Salinas

¿Y si la historia no tiene un final feliz? Coincido con muchos, ese simple hecho me puede molestar, como a veces me enfada ir al cine y descubrir que la película no me regala un momento de gozo antes que las luces se enciendan de nuevo. Un alegre epílogo es algo que las historias deben tener para poder ser buenas. Eso es lo que me dijeron, lo que se dice, pero siempre olvido que en realidad ni siquiera sé con claridad cuándo es el comienzo del final; a veces, esa última sonrisa puede ser una hipócrita manera de esconder la realidad.

En mi niñez, algunas buenas conciencias alteraron las historias que contaban, me hicieron creer que existía esta realidad: todo tiene una meta feliz. En un acto de completa irresponsabilidad hice mía esa idea. Era para estar tranquilo: pensar que la Cenicienta dejó de ser ceniza, que se casó con un príncipe azul, su vida de muchacha de servicio en una pequeña casa cambió, sin más esfuerzo que perder un zapato, para ser la “patrona” del castillo. Las flojas dormilonas: Blanca Nieves y Aurora, dejaron su tranquilo descanso —por el cual las envidié en esas largas noches de insomnio— con un beso de amor; lo que nunca mencionaron es que, tal vez, fue la última vez que las despertaron de esa manera. Tampoco me dijeron que los incontables compromisos contraídos por ser las famosas protagonistas de cuentos, las llevó a usar de manera alterna el despertador y las pastillas para dormir, además de otros recursos más interesantes, menos legales, para poder soportar los vaivenes de la fama. La Sirenita nunca se quedó con ese príncipe que, por cierto, tampoco aprendió a nadar; me inventaron un desenlace que Hans C. Andersen jamás imaginó. Él, para ser congruente con la realidad, decidió que el príncipe se casara con una mujer que supo aprovechar una oportunidad y su belleza para ascender de manera rápida en la sociedad; es decir, definió de una manera tanto precisa como clara el concepto de trepadora. Tal vez esa lección es más valiosa que el simple “vivieron felices para siempre”.

Los finales alegres son como un eclipse, duran poco, sólo hasta que sale de nuevo el Sol, entonces, con su resplandor, deja ciegos a aquellos que se aferran a seguir observando lo que dejó de suceder. Nunca entendí el motivo de esa irracional y falsa manera de ver la vida, a pesar que creí en eso mucho tiempo. El concepto “final” no siempre es claro, pocas veces sé cuándo me encuentro ahí, sólo lo percibo si llega de manera imprevista, irracional, hasta cierto punto, violenta; por eso, es probable que no me de cuenta si estoy en el borde de un desenlace. Vivo atrapado en los hábitos del día a día; las costumbres a veces causan cierta incapacidad para entender cuando algo está por decaer. La frontera no siempre es clara.

La rutina marca un sólido ritmo a mi vida, me permite saber bien dónde estoy, qué hago, cuándo hacer las cosas. A veces es más exacta y confiable que un reloj, todo parece marchar bien cuando permanece inalterada, las cosas están donde deben estar. Para algunos puede ser aburrido, pero saber con cierta certeza lo que voy a hacer me genera una calma que aprecio mucho. No es tan importante encontrar la felicidad, la tranquilidad es lo que realmente vale en la vida. Sin embargo, en ocasiones ese pausado caminar del tiempo es agitado por sucesos que llegan de manera repentina, el orden desaparece. Sé que, con el paso de los días, todo volverá a la normalidad, pero ciertos sucesos, que podrían ser intrascendentes, dejan una huella imposible de evitar.

Es posible que el riesgo de perder la tranquilidad de la rutina sea lo que genera la idea de buscar la felicidad, cada día, de manera casi fanática. En mí devenir de acontecimientos, un aparente epílogo tal vez me puede dar un momento de alegría, tan fugaz como comer un delicioso tamal verde y observar, en el último bocado, las hojas tiradas a un lado. ¿Final de qué?, ¿de un pedazo de rutina? La vida sigue, a ella no le importan los capítulos, ni el tiempo, tampoco si las sonrisas fueron honestas.

Los finales felices no interesan, no importan desde una perspectiva amplia. Son solamente un invento para hacer historias que la gente compre y dar esos buenos mensajes de optimismo que se venden con facilidad. ¿Y la tranquilidad de la rutina?, de ella nadie habla, es tan corriente que a nadie le interesa. Deberíamos quitar ese final de los cuentos y solamente dejarlo en: “y vivieron…”.