Odio

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 26 de noviembre del 2015

“Así dirá la Historia

Se debatía entre el furor y la esperanza

Corrían a encender montañas

Y se quemaban en la hoguera.”

Vicente Huidobro

 

El viento siempre ha sido el mismo, no le interesa lo que pensemos de él; sin embargo, algunas personas dicen que hoy soplan vendavales de odio y estamos en una era llena de rencores, violencia. Incluso he escuchado voces, nada razonables, pero llenas de angustia, comentando que lo que está aconteciendo es el comienzo del “fin de los tiempos”.

Es un hecho, al menos para mí, que los años y días invariablemente terminan. Jamás he encontrado la manera de guardarlos, ahorrarlos para usarlos en un futuro, siempre veo como cada uno de ellos se va sin poder evitarlo. Además, ¿el fin de cuáles tiempos?, las referencias cronológicas son completamente subjetivas, varían de acuerdo al gusto y calendario de aquel que tiene la ociosidad de separar en pedazos el continuo andar de los relojes. En remoto caso que sea cierto, si efectivamente se acaba todo: ¿qué caso tiene angustiarse con ello si de todas maneras no se puede hacer nada? Tal vez me lo comentan para que me apresure a terminar aquellos pendientes que existen y nunca terminan; pero si nada va a quedar, a quién le podrá hacer daño que no finalice algo. Ideas ociosas, que buscan generar temor. Solamente aumentan aún más el sano nivel de estrés con el que me entiendo todos los días.

El odio entre algunos grupos de personas es como el viento, siempre ha existido. Las razones que dan origen a ese rencor son, por lo general, de una profundidad tal, que es una utopía dialogar, discutir o acordar algo al respecto. Por ejemplo: cómo es casi imposible razonar con alguien para que cambie su religión o crea en algún dios, se intenta meter esa nueva creencia por medio de garrotazos en la cabeza y, si no se obtienen resultados, la solución es matarlo para que no contamine a aquellos a lo cuales los golpes sí les hacen efecto.

Con algunos otros conceptos existe la misma situación: raza, política, ideología, amor. Podría parecer ilógico que mencione ese último, pero es una realidad que también por amor se puede generar una violencia que puede llegar a ser brutal; no sólo entre dos personas, sino incluso, entre comunidades. Algunas otras cosas se pueden colocar en una mesa para negociar, platicar alrededor de ellas e intentar lograr acuerdos: territorio, riqueza, recursos naturales, uso de poder; pero aquí también la codicia y ambición muchas veces hacen casi irrealizable que la razón pueda vencer a la violencia.

Todas las épocas han sido tiempos de odio, de agresiones. Siglos han pasado, en cada uno han existido grandes hombres que dejan en su legado una idea clara: “la violencia solamente genera más violencia”. Coinciden en ello pensadores de diversas eras, religiones, lugares; sin embargo, seguimos en el mismo camino: los vendavales son iguales.

Tal vez ser violentos es parte de la naturaleza humana. El guerrero siempre ha ganado al sabio, esta idea tiene su lógica. Es muy difícil (requiere inteligencia) poder compartir una idea y convencer a los demás de la misma. Podría ser tarea para pocos, algunos supuestos elegidos, no por el grado de intelecto requerido, sino por el esfuerzo que es necesario para lograrlo. Es mucho más fácil seguir dos caminos: no hacer nada si se es débil o, sí se tiene la fuerza suficiente, persuadir a los demás por medio de golpes. Además, si los trancazos son duros y sin piedad, es más rápido y efectivo lograr que el otro acepte razones que le son ajenas.

¿Podemos tener la esperanza que un día lograremos cambiar esta inercia? No es cuestión de guardar una vana ilusión o de esperar que algún poder divino logre cambiar siglos de atropellos. Es una cuestión de creer en la dignidad, el ser humano y la posibilidad de lograr que las ideas sean más fuertes que los puños. Es necesario hacerlo para vivir con cierto grado de decencia, respeto entre nosotros; cuando dejen de existir personas que tenga esa esperanza realmente estaremos perdidos.

Ese “fin de los tiempos” siempre está aquí, invariablemente acaban los días, cada momento respiro es el final de un tiempo. Tal vez lo dicen en el intento de lograr que me arrepienta de algo, de hacer que rectifique el camino, pero en esa manera de intentar convencerme está implícita cierta violencia. Seguimos sin aprender, es más sencillo amenazar que convencer; tal vez un día los vientos realmente cambien y la lucidez del argumento sea más poderoso que la fuerza bruta. Conservar esa esperanza es vital para no perder el concepto Hombre.

Y vivieron felices para siempre…

Publicado en Avenida Digital 3.0 el  10 de noviembre del 2015

“¿Cómo me vas a explicar,

di, la dicha de esta tarde,

si no sabemos porqué

fue, ni cómo, ni de qué

ha sido,

si es pura dicha de nada?”

Pedro Salinas

¿Y si la historia no tiene un final feliz? Coincido con muchos, ese simple hecho me puede molestar, como a veces me enfada ir al cine y descubrir que la película no me regala un momento de gozo antes que las luces se enciendan de nuevo. Un alegre epílogo es algo que las historias deben tener para poder ser buenas. Eso es lo que me dijeron, lo que se dice, pero siempre olvido que en realidad ni siquiera sé con claridad cuándo es el comienzo del final; a veces, esa última sonrisa puede ser una hipócrita manera de esconder la realidad.

En mi niñez, algunas buenas conciencias alteraron las historias que contaban, me hicieron creer que existía esta realidad: todo tiene una meta feliz. En un acto de completa irresponsabilidad hice mía esa idea. Era para estar tranquilo: pensar que la Cenicienta dejó de ser ceniza, que se casó con un príncipe azul, su vida de muchacha de servicio en una pequeña casa cambió, sin más esfuerzo que perder un zapato, para ser la “patrona” del castillo. Las flojas dormilonas: Blanca Nieves y Aurora, dejaron su tranquilo descanso —por el cual las envidié en esas largas noches de insomnio— con un beso de amor; lo que nunca mencionaron es que, tal vez, fue la última vez que las despertaron de esa manera. Tampoco me dijeron que los incontables compromisos contraídos por ser las famosas protagonistas de cuentos, las llevó a usar de manera alterna el despertador y las pastillas para dormir, además de otros recursos más interesantes, menos legales, para poder soportar los vaivenes de la fama. La Sirenita nunca se quedó con ese príncipe que, por cierto, tampoco aprendió a nadar; me inventaron un desenlace que Hans C. Andersen jamás imaginó. Él, para ser congruente con la realidad, decidió que el príncipe se casara con una mujer que supo aprovechar una oportunidad y su belleza para ascender de manera rápida en la sociedad; es decir, definió de una manera tanto precisa como clara el concepto de trepadora. Tal vez esa lección es más valiosa que el simple “vivieron felices para siempre”.

Los finales alegres son como un eclipse, duran poco, sólo hasta que sale de nuevo el Sol, entonces, con su resplandor, deja ciegos a aquellos que se aferran a seguir observando lo que dejó de suceder. Nunca entendí el motivo de esa irracional y falsa manera de ver la vida, a pesar que creí en eso mucho tiempo. El concepto “final” no siempre es claro, pocas veces sé cuándo me encuentro ahí, sólo lo percibo si llega de manera imprevista, irracional, hasta cierto punto, violenta; por eso, es probable que no me de cuenta si estoy en el borde de un desenlace. Vivo atrapado en los hábitos del día a día; las costumbres a veces causan cierta incapacidad para entender cuando algo está por decaer. La frontera no siempre es clara.

La rutina marca un sólido ritmo a mi vida, me permite saber bien dónde estoy, qué hago, cuándo hacer las cosas. A veces es más exacta y confiable que un reloj, todo parece marchar bien cuando permanece inalterada, las cosas están donde deben estar. Para algunos puede ser aburrido, pero saber con cierta certeza lo que voy a hacer me genera una calma que aprecio mucho. No es tan importante encontrar la felicidad, la tranquilidad es lo que realmente vale en la vida. Sin embargo, en ocasiones ese pausado caminar del tiempo es agitado por sucesos que llegan de manera repentina, el orden desaparece. Sé que, con el paso de los días, todo volverá a la normalidad, pero ciertos sucesos, que podrían ser intrascendentes, dejan una huella imposible de evitar.

Es posible que el riesgo de perder la tranquilidad de la rutina sea lo que genera la idea de buscar la felicidad, cada día, de manera casi fanática. En mí devenir de acontecimientos, un aparente epílogo tal vez me puede dar un momento de alegría, tan fugaz como comer un delicioso tamal verde y observar, en el último bocado, las hojas tiradas a un lado. ¿Final de qué?, ¿de un pedazo de rutina? La vida sigue, a ella no le importan los capítulos, ni el tiempo, tampoco si las sonrisas fueron honestas.

Los finales felices no interesan, no importan desde una perspectiva amplia. Son solamente un invento para hacer historias que la gente compre y dar esos buenos mensajes de optimismo que se venden con facilidad. ¿Y la tranquilidad de la rutina?, de ella nadie habla, es tan corriente que a nadie le interesa. Deberíamos quitar ese final de los cuentos y solamente dejarlo en: “y vivieron…”.

 

Hojas secas

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 21 de octubre de 2015

“¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas

y siempre se repitieran

los mismos pueblos, la mismas ventas

los mismos rebaños, las mismas recuas!”

León Felipe

 

El otoño llega de una manera extraña, tal vez porque es una época que no está enmarcada por algo en especial, un espacio entre la diversión del verano y la nostalgia del invierno, una temporada en la cual nadie espera nada y que a pocos sorprende. Por eso es raro que deje recuerdos fuertes, a menos que, por un azar, alguna fecha importante caiga entre sus días. Aún así, esas pocas memorias que pueden quedar no son debidas a la estación, sino por eventos que sucedieron en ese espacio, pero pudieron ocurrir en cualquier momento del año. En otoño no existen navidades o vacaciones primaverales. Podría parecer que no encuentro en estos días algo más que un montón de hojas secas tiradas y la tediosa actividad de barrerlas para conservar algo de vergüenza en nuestras aceras. Aunque para recuperar la decencia, la dignidad perdida, no bastaría sólo con barrer, necesitaría una escoba muy grande y aún así, habría túneles en los botes de basura, todo escaparía, estaría en nuestras calles de nuevo, sin que nadie haga nada.

Sin embargo, esta estación posee una característica especial: como el año ha gastado un considerable número de días, el otoño tiene una buena cantidad de experiencia acumulada. Esto sin la premura causada por el fin de año, en donde todo es correr entre la angustia por terminar los pendientes y los múltiples festejos, carrera contra el reloj que siempre gana la resaca. Aún no sé bien para qué pueda servir tener todo ese conocimiento si no existe algo que obligue a exprimirlo, pero es bueno saber que está. Posiblemente para darme cuenta, como cada año, que gran parte de mis buenos propósitos de año nuevo se quedaron enterrados en algún lugar y lo mejor es dejarlos ahí hasta el próximo enero. Si he llegado hasta aquí sin ellos, no creo que hagan falta por otros dos meses.

Es un periodo que se atora en el calendario y transcurre en silencio, agitado por la fecha en que realizamos el festejo de los que se fueron, ese intento de tratar de convivir con nuestros difuntos, aunque sea por una noche. Debe ser una mala experiencia para ellos, porque nunca se han quedado más tiempo, al amanecer se les acaba la paciencia. Este año será lo mismo, pasan los otoños y cada uno es una repetición del anterior; pequeñas variantes, las suficientes para sentir que el tiempo pasa, pero ninguna tan importante como para hacer que esos visitantes decidan permanecer de manera definitiva o, cuando menos, algunos días más, a pesar de todo lo que hacemos para agradarlos en esa velada. Es un hecho, algo estamos haciendo tan mal que ni los muertos quieren vivir de nuevo entre nosotros. Insisto, falta decencia en este mundo para poder ser convincentes con ellos y pedirles que no se retiren.

Como no es mi intención ir con ellos después de esa noche, tengo que continuar, pasear entre la rutina y algunas cosas que alteran el conocido ritmo del día a día. Muchos de estos eventos llegan disfrazados de tal manera que a primera vista podrían pasar desapercibidos, pero a veces me dejan una huella más profunda de lo que podría imaginar. Recuerdo un día de noviembre, una buena amiga, Laura Chávez, al buscar la solución para un contratiempo que surgió en un curso, me dijo un frase en apariencia intrascendente: “No pasa nada, siempre existe una manera de distraer al destino”. Por alguna extraña razón, esas últimas palabras se quedaron grabadas en mi mente, en el tiempo dieron origen a un relato y posteriormente al título de mi primer libro. Un suceso en apariencia sin importancia que, al pasar de los días, ayudó a encaminar parte de mis actividades. Así son esos momentos, no llegan de una manera agitada, no quiebran la rutina; es más, pueden ser parte de la misma y en el trascurrir de los días crecen para alterar el final del año, o de los años por venir.

“Distraer al destino”, es para lo que puede servir el otoño. En sus instantes triviales que aparecen en la banalidad de la vida. Reconocer que en ellos existe la posibilidad de salir de la ruta marcada. No interesa la razón de esa distracción, es lo de menos. No importa que sea para encauzar un mejor camino o perseguir metas más elevadas, eso no es relevante, a pesar de lo que me podrían aconsejar. Es torcer un poco el camino, encontrar razones para tener una estúpida sonrisa, saber que tal vez podamos encontrar un motivo para que los que vienen en la noche de muertos se queden un poco más de tiempo entre nosotros.

Tránsito

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 29 de septiembre de 2015

 

“Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba

por milésima vez los autos que lo rodeaban..”

Julio Cortazar

 

Las calles en mi ciudad se transforman, dejan de ser alfombras de asfalto para convertirse en ríos de carros. Cada día circula un gran número de ellos, pero gracias a la perfecta planeación del crecimiento urbano, podemos hacerlo sin que existan problemas ocasionados por el exceso de velocidad. Debido a que las pláticas en lugares cerrados pueden generar conflictos violentos, muchos toman la sabia decisión de viajar solos. Puede ser que esta conducta ayude a incrementar el tránsito, pero estos tipos solitarios mantienen el precario ambiente de paz dentro de la agitada urbe, ya que, sin alguien con quien discutir, sólo les queda pelear de manera virtual con el locutor de radio que los acompaña; sin duda es mejor opción que el caos ocasionado en las avenidas por su aislado egoísmo.

Puedo observar claramente a los ocupantes de los diferentes vehículos que circulan junto al mío: En uno de ellos va manejando una señora despeinada, de tan feo aspecto que podría causar un ataque cardíaco en otra persona, pero eso no le interesa, en el baño de la oficina donde trabaja, la magia del maquillaje la convertirá en coleccionista de piropos (escribí baño, porque la palabra tocador tiene un sentido extraño, que hasta hoy ninguna mujer me ha revelado). Al mi lado, un anciano en un carro ,también de la tercera edad ,va peleando con todos, incluso con el personaje que vende donas en la calle. Más atrás una hermosa mujer tiene que arreglarse mientras maneja, no sabe que su belleza hace que esa actividad sea innecesaria. En un compacto que está atrás de mí, viaja un grupo de estudiantes que seguramente van camino a la universidad. Son diferentes autos, diferentes personas, diferentes motivos.

Soy parte de ese cardumen, un trozo de mi vida en esta ciudad, del cual no puedo escapar. También soy incapaz de escapar de este lento ritmo. Es algo que contradice la terrible velocidad que impone la vida urbana. En tiempos de apresuradas decisiones, veloces saludos, aceleradas relaciones, es un paraíso contar con ese espacio en el que todo fluye lento, lento, lento. Se puede desayunar, trabajar, comprar, pagar, enamorar, fornicar, escribir, convivir en redes sociales; todo, en ese lugar. El tiempo, que es escaso en esta modernidad, se alarga en el denso tránsito. Esas horas que no alcanzan para atender la familia, amigos, compromisos, trabajo, problemas, soluciones, diversiones y demás fantasmas del día, pueden ser aprovechadas en las vías rápidas. Ahí el reloj deja de ser el amo, ya no esclaviza. Entrampado en la vía rápida hoy, como cada mañana veo cómo gotea lentamente el tiempo, se vuelve casi eterno.

La hermosa mujer termina de maquillarse, llega a mi costado, gira su cabeza y me mira. Le devuelvo la mirada y volteo hacia el auto que circula a mi izquierda. El viejo maneja contento, satisfecho; ignoro con quién se peleo esta mañana, tal vez por fin consiguió una dona gratis. Voy despacio, vamos despacio; todos en el mismo río. Continúan atrás de mí los jóvenes. Los veo por el espejo, parece que están cantando y bailando dentro de su carro. Viene a mi mente un cuento de Cortázar: “La autopista del sur” y, de pronto, me siento parte de esa historia. Todas las mañanas soy la interpretación mexicana de ese cuento; en otras palabras, una versión perfecta del mismo, como todo lo que se hace en mi país.

El tiempo me oprime, no puedo con tanta eternidad. La misma historia se burla de mí todas las mañanas, sabe que mi tiempo nunca es el mismo y que en este perfecto tránsito lo tengo a manos llenas, sin poderlo conservar. Cada día desperdicio horas, el reloj del tablero de mi auto me lo recuerda, son preciosos minutos que no sé para qué los podría usar ya que se esfuman al llegar a mi destino.

Los autos avanzan lentos, pausados; rompen, con su desesperante calma, la agitación en la ciudad y, con ello, aumenta mi angustia y mi tensión. Desesperado, vuelvo a mirar las personas encerradas en los autos que me rodean. Percibo que compartimos el mismo sentimiento, todos con el mismo semblante de angustia producto de no poder encontrar como aprovechar a fondo estas horas… casi todos. Me doy cuenta, al mirar atrás, que los jóvenes siguen cantando. Están felices, sonríen.

Esas sonrisas que veo en mi retrovisor: ¿Por qué lo hacen?, ¿será su ignorancia?, ¿la certeza que tienen mucho tiempo por delante y pueden darse el lujo de desperdiciar el actual? No lo sé. Lo que sí sé es que esos gestos de alegría están ahí, dentro de su auto, sin poder salir. Observo mis manos que descansan en el volante y cierro mis ojos por un segundo. No necesito ese tipo de felicidad, siempre he sabido dónde guarde mi tiempo.

 

Sombras

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 2 de septiembre de 2015

“Estoy pensando, es de noche,

en el día que hará allí

donde esta noche es de día.”

Pedro Salinas

  

Existen sombras que únicamente se ven en la oscuridad, como fantasmas que vienen para inquietar mi conciencia, sin nada que las acompañe. Siempre las encuentro en el mágico o trágico espacio de la noche, cuando mi cuerpo pide descanso y me dice que la jornada debe terminar. Entonces apago la lámpara y, al mismo tiempo que acomodo mi cabeza en la almohada, intento dormir. En ese momento, al amparo de la falta de luz y sonidos, mi cerebro se niega a descansar, no me obedece. Yo no intento que ese rebelde cumpla mis órdenes, sé que no tiene caso. Es un instante de sentimientos encontrados, no se trata del clásico episodio de angustia nocturna, que en el pasado me acompañó como firme compañero, ni del malestar generado por cosas que no hice u olvide durante el día. Ahí aparecen esas sombras que vienen a mi mente. Llegan y entran sin obstáculos, ofreciéndome variados y extraños bocetos sobre los cuales yo puedo escribir. Los dejan en mi cabeza, pero esas ideas se extinguen. Después de un rato, el sueño llega como un gran plumero, limpia todo rastro de lo qué podría ser y me deja sin nada. Alguno de ustedes pensará: ¿por qué no lo anota, lo graba, lo escribe en ese momento?, ¿por qué no hace algo más para guardar todo eso? Puedo esgrimir muchas razones, algunas bastante lógicas como no despertar a mi esposa que tranquilamente duerme junto a mí. En el fondo la causa de mi inactividad es más sencilla: temor.

En un intento para sentirme tranquilo, trato de convencerme que tal vez son ideas demasiado absurdas, tonterías que no deben llegar al papel; pero no me puedo engañar, en mi interior está la sensación que algunas son demasiado íntimas para ver la luz. Tal vez por eso aparecen cuando los sentidos se ausentan, es el instante en que mi conciencia acepta cualquier pensamiento sin juzgarlo. Después, para no razonar en ellas, dejo que mi sueño las borre para no tener que enfrentar los demonios que están encerrados ahí.

A veces, en la siguiente mañana, quedan algunos de esos pensamientos en mi mente, gritan para poder escapar. Y sigue el temor de expresar mis ideas y lo qué podrían decir las demás personas de ellas. Entrelíneas quedará mi vida, cada palabra contendrá una nostalgia, un vano deseo, una alegría lejana. Podrá quedar ahí también la prueba que mi escritura no es tan buena como pienso, que solamente parece una pérdida de tiempo, como si el tiempo se pudiera perder. Mis textos quedarán como testigos de lo que fui, tal vez para que me condenen; rara vez pienso en el halago. Cada párrafo que escribo contiene una parte de mí que alguien leerá sin ver más allá que esas letras.

Es mi temor: el instante en que un desconocido me lea. No existe retorno, las letras que se van nunca regresan. Decían varios autores que escribir es una tarea de valientes, no lo creo, más bien se trata de una tarea de irreverentes, de locos o de indolentes. No, no puede ser de indolentes porque en cada texto va un movimiento del alma, cada frase tiene un sentimiento que alguna vez se atrapó y al colocarlo en papel se escapa. Escribir es una tarea de locos. Realmente, debo estar un poco demente para colocar esto aquí, para que ustedes me critiquen, me ataquen, me devoren. Solamente una persona que no se encuentre completamente sana podría permitir eso, podría aceptar que estas íntimas letras lleguen a sus ojos.

Un loco más, en un mar de locos. Porque también se requiere ser así para leer y compartir sentimientos ajenos, para adentrarse sin miedo en la intimidad de otra persona. Dos locos en un mar de locos, eso somos, usted y yo.

Tiempo confuso

 

Somos letras, somos un raro aliento
lejos, lejos de todos
somos poemas que escribe el insomnio
que caminan lejos, lejos de todos.
Sólo dejemos que este frágil viento
se lleve las fracturas
grietas, restos de sequías añejas
donde duermen nuestros trazos sin tinta.
Sólo dejemos que este frágil tiempo
se lleve los rencores
y los ajenos versos fracasados
de aquellos que alguna vez nos sonrieron.
Somos letras, somos raro deseo
cerca, cerca de todo
un poema se escribe en nuestro aliento
ese nuestro cercano, raro aliento.