Un recuerdo

Publicado en Avenida Digital 3.0 el 13 de febrero del 2015

 

Hace pocos días mi apreciada rutina fue fracturada por la muerte del padre de un buen amigo. No fue un golpe que me derrumbara, pero sí tuvo la fuerza suficiente para agitar el normal andar de mi vida. En un principio, el impacto dejó un sentimiento de incredulidad que fue rápidamente reemplazado por el interés de saber cómo estaba mi amigo y la terrible impotencia para cambiar lo sucedido.

Asistir a un funeral es algo que quiebra de cruel manera el orden de mis días. La enorme carga emocional en ellos siempre me abruma, nunca he podido encontrar la manera de prepararme para esas situaciones, como tampoco tengo las palabras adecuadas para decir a los deudos, jamás he dado con ellas.

Sin embargo, la amistad se forja en esos momentos, la única certeza que tenía era que debía estar ahí, sin importar lo que iba a sentir o decir.

Era de noche cuando llegué, la luz en la fachada de la funeraria creaba un fuerte contraste con la oscuridad de la calle. Intenté hacer compañía a mi amigo, pero no es fácil, la soledad se sentía con toda su intensidad. Lo abracé con debilidad, ni siquiera atiné a consolarlo como es debido, su mirada me impactó, ella encerraba la enorme impotencia del momento. Lo entendí, quise hacer algo pero, como siempre, la fuerza de la tristeza me abrumó. Tengo que reconocer que traté compartir sus sentimientos, pero eran tan personales e íntimos, que fue, para mí, algo imposible. No tuve manera de sentir lo mismo que él; tan sólo me quedaba intentar mostrarle el significado de mi amistad en ese silencioso gesto, las palabras quedaron ausentes.

Después busqué un lugar para sentarme y estar presente sin incomodar a los demás. Observaba a las personas en el intento de evitar mirar el féretro: un frío objeto rodeado de flores. No lo logré. Ocupaba un pequeño lugar y sabía que, en esos momentos, él era quien marcaba lo que sucedía ahí en ese instante. La pesadez en el aire no era por el ataúd, sino debida al inerte cuerpo que se encontraba dentro de esa caja. Es difícil comprender que sólo era eso: un ente sin vida al cual acompañábamos en esas horas. No lo volveríamos a ver y tampoco podríamos hablar de nuevo con él; fue duro aceptar que se había ido de manera definitiva. Ya habría tiempo para intentar comprender esa realidad, la rutina llegaría de nuevo a nuestras vidas.

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Foto por Liliane Mendoza Secco

La verdad era que el padre de mi amigo no estaba ahí. A pesar de verlo, llorarlo y saber que, en apariencia, lo que queda de una vida se encontraba dentro de ese féretro, no era esa persona lo que encerraban esos pedazos de madera. Una materia sin vida que sería convertido en cenizas no era esa persona. Habría que buscarlo fuera de ese lugar, tendríamos que salir de ahí para poder encontrar a esa persona: explorar en los espacios que vivió, hablar con las personas que lo conocieron, atesorar las memorias, para lograr hallarlo de nuevo.

El murmullo de los rezos creaba una atmósfera aún más solemne. Era el sonido de la soledad. Las oraciones flotaba en el aire, su vuelo era lento, como el paso de los minutos. En esos momentos me asaltó la morbosa idea de imaginar cómo sería mi sepelio. Era un pensamiento totalmente incorrecto pero, ¿qué idea puede ser la correcta en esa situación? Tal vez ninguna. Mis fantasías giraban en cómo sería mi féretro, qué personas se encontraría ahí, quién estaría más por obligación que por amistad, qué bromas harían en mi ausencia. Un abrupto silencio me sacó de mi fantasía, los rezos habían terminado. Estaba de nuevo en ese lugar, la realidad era más fuerte que cualquier idea, por egoísta que fuera.

Me despedí con otro abrazo, no quedaba más por hacer esa noche. Los días que vendrán estarán con dudas, ausencia, soledad. Estoy seguro que mi amigo encontrará de nuevo a su padre, estará en muchos lugares de su vida, pero lo más importante es que lo hallará en los buenos recuerdos, esos que siempre lleva consigo, los que nunca se pierden. Tal vez sea lo que me queda por hacer: dejar buenos recuerdos. Lo demás será un inerte cuerpo en una caja, rodeado de rezos que se perderán en el viento.

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